Con todo, menos con miedo por Silvia Franco del Club Medix
“No huyo de un reto porque tenga miedo. Al contrario, corro
hacia el reto porque la única forma de escapar al miedo es arrollarlo con tus
pies”. Nadia Comaneci. Ganadora de nueve medallas olímpicas de las cuales cinco
fueron de oro.
Había un póster pegado en la pared dónde iba a entrenar
gimnasia que decía: “Nadie como Nadia”. Tenía la foto de la gimnasta rumana
como “suspendida” en el aire, durante las olimpiadas de Montreal en 1976.
Era yo una niña y después de asistir a la escuela, toda mi
energía y pasión se canalizaba sólo en el deporte de las barras y los anillos.
Pensaba continuamente en el “10” de Nadia, en la perfección de sus saltos y la
gracia de sus movimientos.
Pero detrás de la atleta, había una historia de tristeza, de
una niñez perdida y de presión psicológica tanto de su entrenador, como del
gobierno comunista de su país. Se sentía como un robot, un símbolo más que una persona.
La sombra del efímero éxito ha perseguido a Nadia por muchos
años. Es un fantasma que se aparece con cada comentario de la prensa, al
enfatizar lo que fue y no lo que hoy es. ¿Pero que acaso no es mejor haberlo logrado
que nunca haberlo hecho?
Pero el 10 nunca se ha apartado de mi mente. Recuerdo que mi
profesor de Derecho en el bachillerato, que cuál entrenador del pensamiento, me
reiteraba una y otra vez: “Señorita Franco. No permitiré otra cosa, sino el
mejor esfuerzo y desempeño en esta materia. Usted es de 10”.
La perfección, es un concepto que me ha acompañado en mi
vida. Que ha tenido sus pros y contras. Por lo que la exigencia para mi vida me
ha demandado un alto nivel de energía y mucho tiempo. A veces creo que he caído
en un nivel de inconformidad permanente. Buscar siempre lo mejor, a veces
incomoda, pues no me permito consentirme y he llegado a ser hasta
intolerante. Hasta que conocí la regla
80/20.
La Ley de Pareto, también conocida como la regla del 80/20
menciona que, aproximadamente el 80% de las consecuencias proviene del 20% de
las causas. Es decir, me daba cuenta de que el 80% de mis resultados provenía
del 20% de mi esfuerzo. Insistí en hacer pruebas hasta comprobarlo y todo
apuntaba a que el 8, era la calificación de la gente productiva, pero dar un 20
% extra significaba: ¡encontrarse dentro las personas más sobresalientes de la
vida!
Más tarde, la gran
pasión que tenía por el deporte y especialmente por la gimnasia, me habían
llevado a presentar, después de haber terminado la carrera de Contadora
Pública, el examen de admisión cómo Coach Deportivo. Las pruebas de
conocimientos y psicométricas las aprobé sin ningún problema, pero en las
pruebas físicas me quedé a un 20% del resultado esperado. ¿Paradójico no?
Pero la intención de ser Coach y ayudar a la gente para
alcanzar sus metas o los resultados deseados, es decir el “10” en su vida, esa
inquietud aún permanecía. Así que decidí prepararme primero en el área de
Programación Neurolingüística y después certificarme en el Coaching. Soy Coach
de Vida.
En mi experiencia he descubierto que, las personas abandonan
o postergan sus sueños por un concepto abstracto pero que al mismo tiempo es
tan real, que “duele hasta los huesos”. Grandes ideas se quedan en el tintero,
conceptos innovadores sin realizarse, proyectos fecundos sin concretarse y proezas
muertas en el pensamiento debido al miedo. ¡Cuánto progreso ha perdido la
humanidad por este instinto de supervivencia!
El miedo, en efecto, tiene su razón de ser en evitar el
peligro ya sea huyendo, atacando y quedándose inmóvil. Pero este instinto es
muy antiguo. En las sociedades prehistóricas, contribuía a salvaguardarse de
peligros como los depredadores. En el mundo moderno, ha generado estrés y
ansiedad.
Conozco muy bien la terrible sensación de tener miedo. Los
meses anteriores a mi operación de cadera, donde me habrían de “incrustar” una
prótesis con el fin de recuperar la movilidad que había perdido la pierna
derecha, me hacían imaginar escenarios parálisis y hasta de muerte. ¿Cómo
seguir adelante con este sentimiento abrumador? Con valentía, como lo hacía
Nadia. ¡Correr hacia él y aplastarlo!
La cirugía fue todo un éxito al grado de que, en pocas
semanas y gracias a la rehabilitación, había podido retomar mi actividad física
preferida: la gimnasia. Tenía que demostrarme que estaba recuperada, que seguía
siendo una mujer de “10”. El salto mortal era la prueba definitiva. Consiste en
un giro completo del cuerpo en el aire, sin meter las manos y caer de pie. ¡Qué
hermoso sería que después de los fracasos y las dificultades, pudiéramos caer
siempre de pie!
Ocho meses después y antes de mi cumpleaños, estaba en el
gimnasio lista para realizar la pirueta anhelada. Y aunque sin público ni
ovaciones, para mí fue un gran triunfo volver a desafiar la gravedad y con
gracia, caer de forma vertical. Un sentimiento de poder se adueñó de mí
mientras recordaba las palabras de Neil Armstrong segundos antes de pisar la
luna: “Un pequeño salto… pero a la vez un gran salto”.
La vida a veces se presenta con incertidumbre. No esperaba
que el fémur de mi pierna se dislocara después de tantos años de práctica del
deporte. Las pruebas del destino se enfocan en lo que menos esperamos, para
hacernos más fuertes y jamás detenernos. Entender que romperse y repararse es
parte de nuestra historia.
Es importante cerrar ciclos y encontrar el balance, como cuando se camina en la viga de equilibrio. Por ello decidí, a tiempo y de manera responsable, retirarme de la gimnasia. Ahora el coaching es mi pasión y me sigo manteniendo como una aprendiz permanente. Aunque la mejor lección de todas fue: El 10 y el miedo, serán siempre incompatibles. ¡Sé siempre lo mejor que puedas!
Gracias Silvia por abrir tu corazón.
ResponderBorrarValiente, arriesgada, perfeccionista, mujer buscando siempre desafiar el miedo. Estoy anonadada con tu historia y ser coach es tu recompensa en la vida porque ayudas a miles de personas a superarse y motivas a ser mejor cada día. "El mejor salto"
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