¿A dónde vas? por Jorge Meraz del Club Huey Tlatoani

“Cuanto más ayudo a otros a tener éxito, más éxito tengo”. Ray Kroc. Fundador de la franquicia McDonald’s.

Una de las historias que siempre me fascinó fue la de Ray Kroc. Tenía 52 años, padecía diabetes y artritis. Había perdido la vesícula biliar y la mayor parte de la glándula tiroides, pero estaba convencido de que lo mejor estaba por venir. Fue entonces, que se convirtió en el empresario más exitoso de todos los tiempos en la industria de la alimentación. 

¿Cómo es posible que un simple vendedor de batidoras haya tenido la visión y la determinación de crear un imperio restaurantero conocido en todo el mundo? ¿De qué cualidades y talentos especiales estaba proveído este individuo? ¿Con qué poder contaba para identificar las circunstancias favorables y encontrar a la gente adecuada para así amalgamar un concepto innovador?

Puedo resumirlo en dos palabras: el pensamiento. No se rindió por los fracasos que le habían ocurrido y creía que “esta vez sí funcionaría”. Trabajó incansablemente motivado por la llama de la idea que se había gestado en su cabeza. Convenció a otras personas a unirse a su causa a través de sus palabras, con el entusiasmo que provenía de un proyecto que sólo entonces, existía en su mente. ¿Convincente cierto?

Fue así como tomé la decisión de renunciar al trabajo en el que había estado por más de veinte años. Ya han pasado tres años desde entonces. Mi pretensión era convertirme en un escritor y orador afamado, pues el trabajo no me permitía realizar acabo mi sueño, ya que me consumía la mayor parte mi tiempo y energía.

Había escuchado que la gente al morir se arrepentía más de lo que no había hecho, que de lo que se había arriesgado a realizar. Ese, no quería que fuera mi caso.

Sin embargo, la realidad no se pareció en nada a mi expectativa. El dinero pronto se acabó y las deudas empezaron a nublar el entusiasmo, la creatividad y lo más relevante, el rumbo. Ese faro que alumbraba el camino del destino que quería para mí, se había apagado.

En el pasado había leído historias de superación, relatos inspiradores de personas resilientes que habían dejado atrás su vida de sufrimiento, y pensé que también me podía pasar a mí.

Y es que todo empezó como una gran aventura, como quien se interna en un bosque profundo con la intención de encontrar la pócima mágica que habrá de cambiarlo todo. Pero después de un tiempo, te das cuenta de que te has perdido, que no encuentras la salida, que todo el paisaje es prácticamente el mismo. ¿Te ha pasado?

Los primeros intentos resultaron relativamente bien: una conferencia en una escuela, otra con un grupo de pequeños empresarios y una consultoría en un despacho. Pero no se acercaban ni medianamente a lo que había estado ganando de sueldo. Y en realidad no me dolía tanto el dinero sino las escasas oportunidades que se habían presentado, mejor dicho, que había conseguido.

Decidí nuevamente a regresar al mundo laboral y poner en pausa mi sueño. Pensé que la búsqueda de una vacante sería relativamente fácil. Cómo lo fue en un principio. ¡Qué equivocado estaba! Había comenzado otro capítulo de desesperación en mi vida.

Frases como: “desafortunadamente no cumple con el perfil que estamos buscando”, “nosotros le llamamos” o “la vacante ya ha sido cubierta, pero lo mantendremos en nuestra base de datos para otra oportunidad similar”. ¿Te suena familiar?

Y cuándo te encuentras perdido y muchas puertas se empiezan a cerrar, ¿qué haces? Yo me paralicé. Estaba inmerso en una especie de miedo pero que venía acompañado de frustración, culpa y enojo. El fracaso duele en serio.

¿Y ahora que seguía? Veía como todo y todos se movían a mi alrededor. Las estaciones del año pasaban, mis conocidos se movían a nuevos trabajos o lograban éxitos en sus empresas. El recurso inmediato era pedir ayuda. ¿No era eso lo que hubiera hecho Ray Kroc? Un mentor tenía que ser la clave.

Y la ayuda estaba en casa. Fue mi esposa quien me ayudó a ver las cosas con más claridad. Me hizo la siguiente pregunta: ¿Y ya sabes a dónde vas? Mi respuesta fue inmediata: “Necesito un trabajo. El que sea”. Me miró compasivamente y me dijo: “Imagina que estás sentado en el asiento de atrás de un taxi, y el conductor te pregunta: ‘¿a dónde vamos?’, entonces tu respuesta es: ‘a donde sea’. Eso es lo que estás respondiendo al destino”.

Comprendí que es relevante ser preciso con el lugar al que deseamos llegar. Todo se resume en: ¿cómo hago para llegar del punto A al punto B? Es esencial conocer las coordenadas del sito al que me dirijo. Cómo si fuera un GPS. Entonces todo empieza a cambiar, a moverse a mi favor.

Y también indispensable es, dejar de poner pretextos: ¿Y si se poncha la llanta? ¿y si hay lluvia o nieve en el trayecto? ¿y si oscurece o el camino está cerrado? Hay que ser atrevido y dejar de sentirse inseguro por algo que suponemos podría pasar, ¿no lo crees?

Los días que siguieron, más que una consejería, fueron un entrenamiento. Ella me decía: “Hay que tener sentido de urgencia, pues las oportunidades desaparecen casi en un parpadeo. Quita el freno de la duda y arriésgate”.

Las creencias limitantes empezaron a desvanecerse y aparecieron las creencias potenciadoras. Mi estado de ánimo comenzó a cambiar y mis hábitos también. Me volví más productivo. Mi mujer me reiteraba en continuas ocasiones: “Entre hacer y no hacer, elije siempre la primera opción”.

Eso tenía todo el sentido para mí. Recordaba el texto del Antiguo Testamento: “En el principio era la nada… Y Dios dijo: ‘Hágase la luz’…  Y separó la luz de las tinieblas”. ¡Por supuesto!, reflexioné. Estaba en la zona oscura donde nada ocurre. Viene la orden con una palabra poderosa y la acción creativa, y todo comienza a moverse hacia ‘la luz’, hacia el estado deseado.

Finalmente me recalcó: “Dónde pones el foco de tu atención, allí se concentrará tu energía”. Era evidente como mi fisionomía, mi tono de voz y principalmente mis comentarios, habían cambiado. Me sentía confiado. Seguro que en el pasado has sentido también, que recuperas tu poder de logro. ¿No es así?

La búsqueda comenzó y dio fruto, pues hoy tengo una nueva oportunidad en el mundo de las finanzas, dónde tendré la posibilidad de hablar con muchas personas y persuadirlas de construir un mejor futuro. Quizá sea un puente hacia el logro de mi sueño, pero por ahora es mi elección.

Me gustaría terminar este relato con un final feliz. Pero por el momento no es el caso. Este capítulo de mi vida aún no se cierra y aún tengo mucho que aprender. Todo el tiempo seguiré pidiendo consejo, pero las decisiones serán mías y yo el responsable por lo que suceda.

Aún no cumplo los 52 años, pero también estoy seguro de que lo mejor está por llegar. Camino nuevamente con una tenue luz en mis manos, por las escaleras que llevan a la torre del faro y así poder iluminar el camino de mi destino.

Y tú que me lees, ¿ya tienes las coordenadas hacia donde te diriges? ¿sabes quién será el mentor que encienda nuevamente tu luz interior?

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